La importancia de las andenes

Una  buena administración pública debe partir de considerar el hecho elemental de que por los andenes circulamos todos los habitantes en todas las ciudades en algún momento de nuestra vida cotidiana, y de ahí que sean el espacio público por excelencia pues en él se encuentran los ciudadanos.

Por eso son básicos en la calidad de vida urbana, pues son el origen y destino de todo el transporte tanto colectivo como individual, pero sobre todo porque son el ámbito primario de la democracia. Sin buenos andenes no se facilita ese encuentro espontáneo y placentero entre los habitantes de una ciudad que los convierte precisamente en ciudadanos de esa ciudad.

Los bolardos que sean necesarios para que los carros no se suban al andén, como en las esquinas rebajadas o en algunas otras zonas donde sean ineludibles, deben ser apenas los necesarios, lo más sencillos y discretos posible, pero fácilmente visibles para los peatones y automovilistas. Sin embargo y  en general, un sardinel de 20 centímetros basta para disuadir a los conductores de treparse al andén, y los carros que lo hagan deberían ser inmovilizados y sus conductores fuertemente multados. En conclusión, hay que educar a la gente sobre que la prioridad de los peatones en los andenes debe ser absoluta y permanente.

Sin andenes no hay espacio para que los peatones se vuelvan ciudadanos, y sin ciudadanos no hay ciudad. Es imperativo cambiar nuestra práctica de hacer  vías sin diseñar al tiempo sus andenes como si se tratara de carreteras, y de diseñar cruces viales sin pensar primero en los peatones que en los carros. Y cambiar esa insólita costumbre que tiene la gente de pensar que cada tramo de anden frente a cada casa les pertenece, y que por lo tanto pueden hacer con él lo que se les venga en gana, asunto sobre el que las autoridades guardan silencio, además de que con frecuencia hacen lo mismo.

Autor: Benjamín Barney Caldas


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